El abrazo del océano.

Efner era un pez incomprendido. A pesar de haber estado toda su vida nadando y siguiendo la corriente, sus compañeros, con los que había formado banco nada más independizarse, lo veían como un crustáceo…
-Tienes la cabeza en las olas Efner. -Le repetían, o – Mantén las aletas en el banco, y deja de mirar las algas despistado.
Él se preguntaba para que nadar, para que seguir la corriente si no les llevaba a ningún destino. Se sentía estancado y deseaba vivir como una deidad cetácea de las que cubrían el fondo marino con su sombra. Cada vez pasaba más tiempo sumido en esos pensamientos y un día le inundaron por completo. Su cuerpo ascendió hasta la superficie y cuando despertó tenía la barriga reseca por el aire y el sol.
Descendió a toda prisa aterrorizado y se prometió dejar de lado aquellas preguntas. Se convirtió en un pez responsable y respetado pero incluso así, a veces le asaltaban dudas.
Las dudas ganaron peso y volvió a recorrer aquellos enigmas a menudo, quedándose aturdido durante largos periodos de tiempo. En una de esas ocasiones no pudo escapar de la sensación de sinsentido que lo invadió, y creció en su interior una nueva idea de libertad; una llena de agobiante luz, aire y desesperanza.
Así pues, Efner volvió a ascender, a dejarse llevar por el mar que en aquella ocasión lo abandonó en la orilla.
Al principió entro en pánico mientras llevaba a cabo una convulsa danza de muerte, pero logró controlarse.
El aire le rodeaba por todas partes excepto por un lateral pegado a la tierra, las branquias le ardían sin poder respirar el vital fluido que hasta entonces lo había sustentado y sin embargo no sentía miedo.
Pero sintió pena. No quería dejar la vida, solo encontrar su camino.

El mar le llamó y al principio hizo oídos sordos, pero según perdía consciencia su voz comenzó a filtrarse.
-No hay porque abandonarlo todo. Si te vas ahora no te esperará nada tras la muerte. -Efner se negaba a su invitación.- Te queda poco ya, y nada puede hacer mi agua para salvarte, pero al menos permíteme concederte una nueva oportunidad. Vuelve a mi.
Acunado por la suave voz y las caricias de la muerte, Efner se decidió por el mar.
Nada más aceptar su abrazo las olas lo recogieron y lo acunaron en sus mareas durante los últimos minutos de su vida.

Durante los siguientes doce meses hubo oscuridad. A veces algún sonido melódico y hermoso que le tranquilizaba y estimulaba. Entonces, repentinamente, luz.
Nadó torpemente mientras sus ojos doloridos se adaptaban al agua, y se sintió extraño, grande.
Cuando pudo ver bien, se percató de que su madre era una de aquellas enormes deidades cantoras, de que al fin, se había convertido en una ballena.
Desde su nuevo nacimiento cada día alzó su voz en agradecimiento al mar, y este le respondió con cálidas y juguetonas corrientes.

Imagen extraida de pixabay.com

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